ALGO SUMAMENTE INDIGNANTE
Mucho se ha hablado, se está hablando y se seguirá parloteando de la liquidación en Dubai (este humilde servidor lo llama “ejecución” o “ajusticiamiento” pero eso es harina de otro costal) y de lo mal que se manejó, del tren fantasma de Jerusalén (así llamado porque todavía no existe, pero molesta a todo el mundo) y otras cosas que están pasando en nuestra sufrida y querida Medinah y de las que muchos “craneotecos” ya se están ocupando exhaustivamente de atosigarnos con reportajes, notas exclusivas, opiniones, palabras, palabras y más palabras. Miríadas de palabras. Por supuesto, los diarios, la red, el Parlamento y demás sandeces nos sacan las ganas de comentar las noticias. Qué le vamos a hacer… después del Gran Hermano… el diluvio, como diría Sa’ar XIV, el “viudo virtual”.
Pero lo que voy a comentar ahora pasó todos los límites, por lo menos a mi humildísimo juicio. Sucedió en Haifa, una ciudad que creo que se encuentra… ¿dónde? ¡Ah, sí! Pero claro, ¡qué memoria la mía! Haifa se encuentra dentro de los límites acordados en el Tratado de Rodas del Estado de Israel y no es ni una colonia, ni un asentamiento, ni una ciudad internacional, ni un punto tripartito. Es una ciudad que pertenece al Estado de Israel, es más, es la tercera de entre las principales ciudades de nuestra Medinah. Es una ciudad hermosa hasta la emoción, panorámica hasta lo increíble, contaminada hasta el peligro… y cosmopolita. Muy cosmopolita.
Cosmopolita al punto que en ella moran todo tipo de… habitantes, entre ellos quienes creen que tienen derecho de discriminar y de seleccionar quién entra a determinados lugares, cómo y cuándo.
¿A qué me refiero? ¿A algún morocho o algún representante de determinadas minorías a los que les fue negada la entrada a algún club nocturno?
Non, mes amis.
Me estoy refiriendo a un soldado de Tzahal, el Ejército de Defensa de Israel, al que le fue negado el acceso a un restaurante en Haifa… por pretender sentarse a disfrutar de una cena en ese lugar… vestido de uniforme.
Sí, caros lectores. Tal cual.
El viernes pasado, aprovechando que estaba de licencia de fin de semana, un soldado invitó a su novia a cenar en el restaurante “Azad”. Para su sorpresa, desconcierto y humillación, una mesera lo invitó a retirarse del lugar, diciéndole “lo lamento, pero en este lugar no entra nadie de uniforme” (sic). El muchacho, desconcertado, sólo atinó a llamar a su padre, quien se hizo presente en el lugar convocando un patrullero policial. La oficial de la policía se hizo presente en el lugar y le tomó declaración a la mesera quien confirmó sus dichos: “aquí no entran miembros de las fuerzas de seguridad”. La funcionaria policial informó al denunciante que “al no mediar ningún tipo de agresión física, nada podía hacer al respecto”.